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Nuestra Señora Del Olvido, Triunfo y Misericordia

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Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias es una advocación mariana originada en Madrid, España, en 1831. Su origen se asocia a la monja estigmatizada Sor Patrocinio, a quien la Virgen se le apareció el 13 de agosto, entregándole una imagen y pidiendo que se le diera este título.

Los tres nombres representan el mensaje central de la advocación:
  • Olvido: Un recordatorio de que los hombres se olvidan de Dios y retiran sus misericordias, pero también el deseo de la Virgen de que recurran a ella.
  • Triunfo: Simboliza la victoria sobre el mal y la protección maternal frente a las dificultades.
  • Misericordias: Asegura que su compasión jamás se aparta de los afligidos y que todo el que pida consuelo a sus pies será escuchado.

Descripción

El día 13 de agosto de 1831 la Santísima Virgen se le aparecía a la religiosa franciscana. Sor Patrocinio, y le dejaba una preciosa imagen suya que le indicaba debía llamarse del Olvido, Triunfo y Misericordias.

Aquella imagen —le dijo la Virgen— venía enriquecida “con muchas gracias y privilegios” para sus verdaderos devotos. Y en efecto, la veracidad de tales palabras pudo comprobarse enseguida con los numerosísimos prodigios que se fueron sucediendo. El primer milagro que obró la Santísima Virgen poco después de la aparición de su sagrada imagen del Olvido, fue la curación instantánea y completa de un nieto del mayordomo del convento. Después vendría la milagrosa salvación de un albañil que cayó al vacío desde la cornisa de la iglesia; la navegación quien se veía naufragar irremediablemente; el incendio que no se extiende; o la inexplicable paralización del asesino en el momento de lanzarse sobre su víctima; y, sobre todo, la conversión de numerosas almas abandonadas.

Pero todos estos milagros no parecen ser sino una especie de certificado de autenticidad de los maravillosos misterios que la Santísima Virgen unió a esta” invictísima imagen”.

Origen de esta advocación

La madre Patrocinio, conocida hasta entonces por sor Rafaela, tuvo una visión del cielo el 13 de Agosto de 1831. Se encuentra reunida en el coro de la iglesia con sus Hermanas Concepcionistas Franciscanas de Caballero de Gracia, de Madrid, entre las cinco y seis, a la hora de la oración de la tarde.

Esta religiosa, sumida en éxtasis profundo, contempla a la Virgen María, que viene acompañada del Arcángel San Miguel y sostiene en sus manos una pequeña imagen, que representa a la Señora con el Niño Jesús sentado en el brazo derecho.

Una prolongada conversación tiene lugar entre la Virgen y la religiosa. La misma madre Patrocinio lo cuenta en los Apuntes que le mandaron escribir los superiores y su confesor. Copiamos textualmente:

“Clamaba mucho en esta ocasión por la necesidades que tanto afligen a la Santa Iglesia y el Dulce Amor se me manifestó severo, airado y como dando muestras de que quería castigarnos.

Esposo mío, ¿para cuándo son vuestras misericordias?

Pide, esposa mía, que cuanto pidas seré liberal para concedértelo.

Pedía sin límites; entonces, mi dulce Amor me manifestó el lastimosos estado en el que se hallaba la santa Iglesia. Moría de dolor y mis angustias crecían sobre manera.

Paloma mía, mi amor no puede verte afligida; aquí tienes a mi Madre, que será tu guía, consuelo y amparo.»

Ese mismo día por la noche, durante el rezo coral de los maitines con la Comunidad, la madre Patrocinio volvió a enajenarse. Cuanto sigue pertenece a este segundo “arrobamiento”:

“Manifestó sé de nuevo la Beatísima Virgen con esta preciosísima, portentísima e invectísima Imagen en sus soberanas manos.

Hija mía, ¿por qué se contrista tu corazón, si todas las misericordias y tesoros de mi Hijo voy a poner en tus manos, por medio de esta mi soberana Imagen, para que las distribuyas en mi nombre a los mortales, segura de que las que hicieses por mi amor a tus hermanos, esas mismas confirmamos mi Hijo y yo, que soy tu madre en el Cielo?

Señora y Reina mía, ¿no veis la España, los males que nos afligen?

Hija mía, los veo; pero no puede mi amor ser más benéfico para con los hombres. Ellos se olvidan de mí y retiran las misericordias; y por esto, a esta Imagen le darás el título misterioso del Olvido, para darles a entender que me han olvidado; pero yo, que soy vuestra y tierna amorosa Madre, quiero poner a vista de todos los mortales en este imagen mía que jamás mis misericordias se apartan de ellos.

Miraba yo con gran ternura a tan divino simulacro cuando vi que mi invectísima Reina cogió un pañuelo de manos del Príncipe San Miguel y, aplicándole a la soberana llaga del costado de nuestro amante Jesús, lo empapó la divina Señora en sangre de aquel divino y deífico Corazón, y después aquel pañuelo, así empapado, lo puso sobre esta encantadora Imagen, y después vi que la soberana Reina rociaba a este pueblo con la sangre preciosísima.”

Hija mía, ¿me amas?

Señora mía, vos sabéis que os amo y deseo ser toda vuestra.

Hija mía, ¿me amas?

Señora mía, vos sabéis que os amo y deseo ser toda vuestra.

Hija mía, ¿me amas?

Señora mía, vos sabéis que os amo y deseo ser toda vuestra.

Pues a tu solicitud y cuidado dejo el culto y veneración de esta sagrada Imagen mía con el título de Olvido, Triunfo y Misericordias. Ella será la consoladora del mundo y todo afligido encontrará en mí, por mediación de esta Imagen, el consuelo. Al alma que rendida a sus pies me pidiera alguna cosa, jamás se la negará mi Amor. Será el consuelo del mundo y la alegría de la Iglesia Católica y, por su medio, mi Hijo y yo recibiremos culto. Tú, hija mía, alcanzarás victoria del poder de Satanás, y tu Comunidad, perfección en servirme».

“Entregóme la soberana reina esta portentísima Imagen, este encanto de los cielos y la Tierra, y empezó en el cielo una celestial música, entonando la salve y otros sagrados cánticos; todos los cortesanos del cielo se daban parabienes. La Santísima Trinidad la bendijo, igualmente la Santísima Virgen María y, después todos los cortesanos del Cielo llegaron a adorar a su Reina y Señora en esta soberana y encantadora Madre del Olvido». (Vida admirable, páginas 52-53)

“Terminada la santa oración – escribe ahora la madre María Isabel, secretaria de la madre Patrocinio y demás actos de comunidad que a ella siguieron, salió mi venerada madre Patrocinio, con su prelada, al pequeño jardín del convento, y le dijo que tenía que darle una noticia de muchísimo consuelo, y le dijo que ya podía estar tranquila y sin cuidado alguno, pues no volvería jamás el demonio a golpearla ni asustarla, porque la Reina de los Ángeles le había sujetado, que para eso le enseñara una Imagen que tenían”.

La abadesa, madre Pilar refiere a su vez: «Sólo yo, que lo padecí, puedo decir cuál fue mi gozo, descanso y alegría al oír tan deseada nueva, que no puedo explicar el júbilo que sintió mi corazón.”

Llevaba razón la superiora. Los malos tratos recibidos por su Patrocinio en estos años del enemigo del mal fueron extraordinarios y constantes: golpes, amenazas, ruidos estrepitosos que aterraban a toda la Comunidad.

En cierta ocasión la condujo sobre los tejados con grave peligro de resbalar, tanto ella como otras dos religiosas que, al verla en situación semejante, sin pensárselo demasiado, con sus largos hábitos salieron a los tejados a recogerla y la introdujeron de nuevo en la clausura. Por otra parte, la persecución diabólica fue pública, declarada, intolerable y gravísima, proporcionándole heridas, contusiones, magullamientos, y toda clase de cardenales en brazos, piernas y espalda.

El médico de la Comunidad, que tuvo que auxiliarla en repetidas ocasiones, decía a la madre abadesa: «Dejemos a Dios que obre en ella como mejor le plazca ;esto se sale de mi competencia». Las curaciones solían ser en ella instantáneas, aunque ya se la había dado por desahuciada en dos ocasiones y recibidos los últimos auxilios espirituales, padeciendo vómitos de sangre y fiebres altísimas.

La prueba fehaciente de la liberación definitiva de los asaltos y persecución del demonio la tuvieron todas las religiosas al comprobar que desde esta fecha y hora nunca más volvió a molestarla.

La madre abadesa e hija buscaron por el convento una “imagen que tenían”. Cierta vitrina guardaba la perla escondida. Al verla, y no fue fácil el hallazgo, la hija exclamó llena de gozo: “ésta, ésta es”.

Pero la superiora nunca había visto esa imagen en aquella Casa.

Por este motivo hizo venir a las restantes monjas, para cerciorarse y hacer mas averiguaciones: nadie la conocía. Ante esta situación embarazosa, la abadesa mandó por obediencia, a sor Patrocinio, que dijera “qué significaba aquello”.Con gran humildad y no menor embarazo confesó la joven religiosa lo ocurrido en las visiones de la Virgen y sus palabras, y que de todo ello nuestros lectores están al corriente por lo trascrito anteriormente.

Para mayor esclarecimiento de los hechos y tranquilidad suya, la Abadesa requirió la presencia del Padre Guardián del convento franciscano de San Francisco el Grande, de Madrid, quien estudió el caso con seriedad e hizo exhaustivos interrogatorios entre las religiosas, pero mientras se halla en este quehacer desapareció la Imagen de la vista de todos, incluido el Padre.

Confuso el religioso y Padre Guardián, se retiró para reflexionar y redactar cartas a los restantes conventos de su provincia en demanda de “rogativas en asunto de mucha gravedad”. Era el 13 de agosto de 1831.

El día 15, fiesta de la Asunción de Nuestra señora, hacia media mañana, decidió retornar por el convento de las concepcionistas para indagar “lo de la imagen”. Nada nuevo. Pasa a la clausura y se establece en el despacho que usa la superiora, para continuar su gestión. Y “la imagen, de improviso, se coloca al lado de sor Patrocinio”, con gran sorpresa de los tres reunidos, que son el padre, la madre abadesa y sor Patrocinio. Ante esta novedad se convoca a la Comunidad, y todas las religiosas se convierten en testigos de la “nueva aparición” de esta singular imagen y “oran con alegría con acción de gracias”.

Hacemos constar que cuanto va entre comillas, en las páginas anteriores o en las que se sigan después, que son citas textuales, tomadas de “Vida admirable”, que escribió la madre María Isabel de Jesús, publicada al año 1925 y que se distingue por su total fidelidad histórica.

De todo lo sucedido se redactó un informe detallado y se remitió a la Santa Sede para su conocimiento. Consta que el santo padre tuvo especial interés por este asunto y gran devoción a la Virgen del Olvido. La respuesta desde Roma consistió en redactar una Bula, en la que se permite el culto público a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias, con la concesión de muchas gracias espirituales e indulgencias y otros privilegios singulares.

Imagen

Medida: 32 cm Base 8.50 cm X 8.00 cm
Material: Resina

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